Días de Lluvia
Probablemente, este rejunte desordenado de palabras resulte insuficiente para suplicar tardías disculpas a mi madre, por cada uno de los tantos regresos a casa durante aquellas hostiles tardes invernales, pero bien vale la pena hacer el intento.
Tengo la seguridad, de que ella no olvidará nunca esos días lluviosos en que retornaba de la canchita de la otra cuadra, con el cuerpo cubierto en su totalidad por ese barro renegrido que solo conocemos los que pateamos alguna vez un balón, en tiempos en que pensar en la existencia del lavarropas automático no era más que una utopía.
Ella por el contrario, jamás se mostró interesada en escuchar mis explicaciones acerca de que si dejaba pasar al veloz delantero contrario, se nos escaparía el partido de las manos, y es por eso, que no había tenido más remedio que ir al piso para frenarlo, sin preocuparme por la blancura de la remera que había sido elegida al azar minutos antes.
Tampoco le importó demasiado que casi se me había ido la vida al observar desde el piso que la maldita pelota traspasaba la línea invisible de mi propio arco.
Todavía recuerdo la tarde gris en que abandoné mi punta en el último tiro de esquina ejecutado por Roberto, para tomar esa bola de barro que pesaba el triple de lo normal y sin dudarlo un instante, la paré de pecho para luego acariciarla de zurda al lado del palo e inmediatamente encontrarme envuelto entre los brazos de mis compañeros.
Como muestra de tamaña proeza, volví a casa con tres gajos hexagonales marcados justo al lado del corazón, sintiéndome un héroe hasta el momento en que observé la seriedad dibujada en la cara de mi madre. De repente, todo el orgullo que sentía se derrumbó, desparramándose rápidamente por el piso, como un collar de perlas que se desploma desde una altura de tres metros, hasta desaparecer casi por completo.
No me alcanzaban las palabras para explicarle que había tenido el recaudo de sacarme el único buzo que tenía para salir para no ensuciarlo, pero, que a su vez lo había utilizado para marcar los límites del arco ya que no habíamos encontrado otra cosa.
Mi vieja siempre decía que hiciera como Andrés, que se mantenía impecable a pesar de jugar todo el día con nosotros. Lo que ella ignoraba, era que él no atajaba porque si se tiraba sobre el pasto después sentía picazón en todo el cuerpo o se negaba a correr porque no quería transpirar, entonces, era uno de los últimos en ser elegidos a la hora de jugar, con la humillación que eso significa cuando uno es pequeño.
Parece increíble, pero Andrés siempre estaba bien vestido, peinado y perfumado, incluso al término de la jornada. Justamente, hace algunos días lo encontré por el barrio y me contó que trabaja de enfermero en el Hospital Gandulfo, lo asombroso es que llevaba la misma fragancia que utilizaba hace 25 años.
Saltando de un tema a otro, no me he referido todavía a lo que ocurría el día después de la lluvia, con los correspondientes resfríos a la hora de ir al colegio y las milagrosas recuperaciones después del almuerzo, de los moretones que aparecían luego del baño de agua caliente o del regocijo que nos provocaban las guerras con pelotas de barro.
Tampoco, a la cuestión de hermandad surgida de la convivencia de 11 o 12 niños debajo de una chapa agujereada, a la espera de que nunca finalizara un chaparrón veraniego.
El tiempo ha transcurrido a pasos agigantados y no podría negarles a mis hijos la posibilidad de disfrutar de una experiencia tan fascinante, como la que he vivido durante las extensas jornadas tormentosas.
Sigo pensando en la belleza inexplicable que posee el cielo de color gris, el olor indescifrable que se desprende del suelo humedecido y que sin ninguna duda esos días son los más lindos para jugar al fútbol.
Tal vez, estas líneas me hayan ayudado a descubrir el porqué de mi odio hacia los paraguas o los abrigos. Lamentablemente, a pesar de estar dando todas estas explicaciones, mi madre continuará pensando todo lo contrario y tendré que seguir escribiendo historias para que logre conseguir su perdón.
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