martes, 24 de julio de 2018 - 11:00 a.m.

El partido del Nunca Más

La agrupación Coordinadora de Derechos Humanos del Fútbol Argentino escribió este interesante artículo que llama a la reflexión sobre el uso de las Fuerzas Armadas como seguridad interior. Futbol y pasión cuando se mezcla con lo que verdaderamente importa: la vida cotidiana.
Por Coordinadora de DDHH Fútbol Argentino. Jorge Di Pascuale no pudo ir más a la segunda bandeja de La Bombonera porque el 29 de diciembre de 1976 lo secuestraron para siempre.

Juan Carlos Mardikian no llegó a ver a River campeón del mundo porque el 9 de abril de 1976 se lo llevaron de su casa en Valentín Alsina.

Osvaldo Portas, becado por Independiente para nadar con los colores del club, no invitó a sus hijos a la despedida de Bochini porque lo asesinaron el 15 de agosto de 1977.

Alejandro Almeida dejó de gritar los goles de Racing porque el 17 de junio de 1975 le arrebataron la vida.

Oscar Forlenza no jugó más al bowling para San Lorenzo porque un grupo de tareas lo sumergió en un centro clandestino de detención el 2 de septiembre de 1978.

Norberto Morresi se perdió el debut de su hermano Claudio en la primera de su amado Huracán porque el 23 de abril de 1976, con tan solo 17 años, lo mataron.

Sergio Kacs se quedó con las ganas de aplaudir hasta rabiar al Ferro campeón del Nacional 82 porque el 11 de junio de 1978, en pleno Mundial, empezaron a torturarlo en la ESMA.

Juan Carlos Rugilo, sobrino del León de Wembely, no siguió atajando con la camiseta de Vélez porque el 22 de agosto de 1978 lo arrancaron de las calles de Floresta.

Horacio Ungaro no pasó más por la esquina de 1 y 57, la casa de su querido Estudiantes, porque el 16 de septiembre de 1976, en la salvaje Noche de los Lápices, lo privaron del futuro.

Miguel Sánchez, jugador de las inferiores de Gimnasia, debió abandonar las gambetas y el atletismo porque el 8 de enero de 1978 una patota de la dictadura lo trasladó a El Vesubio.

Roberto Olivestre no lloró el 2 de diciembre de 2007 con el título de Lanús porque el 20 de agosto de 1976 fue dinamitado en la brutal Masacre de Fátima.

Ricardo Chidichimo faltó al estreno de Garrafa Sánchez con la casaca de Banfield porque el 20 de noviembre de 1976 se transformó en víctima de un plan sistemático de exterminio.

Raymundo Gleyzer no continuó frecuentando la cancha de Argentinos Juniors porque el 27 de mayo de 1976 lo detuvieron y no se volvió a saber de él.

Antonio Luis Tovo no se abrazó más con su hermano en la popular de Rosario Central porque el 4 de junio de 1980 cayó en las garras de los represores genocidas.

Y Eduardo Toniolli jamás pudo compartir la pasión por Newell’s con su hijo porque el 9 de febrero de 1977, un mes y ocho días antes de que naciera el pequeño, fue apresado por las huestes del siniestro Luciano Benjamín Menéndez.

La última vez que en la Argentina las Fuerzas Armadas se ocuparon de la seguridad interior desaparecieron 30.000 personas. En Campo de Mayo, por donde transitaron durante los años del terror miles de detenidos y de detenidas, se conoció la decisión gubernamental de avanzar hacia el quiebre de un consenso esencial para esta democracia parida desde la convicción de que la memoria es el mejor antídoto contra el horror. La respuesta debe entonces asomar contundente en cada gol, en cada camiseta y en cada tribuna: nunca más es nunca más.