jueves, 22 de febrero de 2018 - 01:25 p.m.

La increíble historia jamás contada de Silvera y otros charrúas en Banfield

Este es el relato del primer ídolo uruguayo que pasó por Peña y Arenales. Se remonta a la vieja Banda Oriental, la de José Artigas y sácate el sombrero cuando lo digas, en un pueblito llamado Velázquez en el departamento de Rocha. Hoy en día tiene unos 1022 habitantes, prácticamente la misma cantidad que cuando entre sus calles corría, más rápido que ninguno, el pequeño Eduardo Lucio.
Por Fede Winer
@fedemw

Es el año 1939. Mientras cientos de miles de españoles emigrados comentan las tragedias de la reciente Guerra Civil y la Segunda Guerra Mundial acaba de estallar en Europa, en el sur del gran Buenos Aires se celebran los 43 años de vida del Club Atlético Banfield. Frente a las plateas se alza la primera gran tribuna de cemento del estadio, bautizada posteriormente como Eliseo Víctor Mouriño. Y Lencho Sola, presidente en acción, está a punto de traer al primer gran ídolo u-ru-guayo, u-ru-guayo, del club.

Para recrear este pase con tantas idas y vueltas hay un aliado de lujo, Eduardo Silvera hijo, hoy afincado en San Luis. Allí reside tras toda una vida en el viejo chalet de la familia en la calle Belgrano, entre Talcahuano y Rincón. “Banfileños como yo hay pocos, porque nací (18/4/1944) con una partera en la casa de mis abuelos, que estaba ubicada a media cuadra de la vieja sede en la calle Pellegrini (hoy Vergara). Y con mi viejo como jugador del club, je”, comenta entre risas, a modo de introducción.

P- Hoy con 73 años, ¿qué recuerdos te quedaron de aquella infancia en la ciudad?

ES- La gran diferencia es que Banfield era un pueblo, no una ciudad. La calle principal, Maipú, era doble mano y se organizaban unos carnavales fantásticos. Teníamos dos cines: el Maipú, que hoy es la Sociedad Italiana, y el San Martín, donde se encuentra el Banco Nación. Después llegó el cine Ambassador, donde está la galería nueva que era de la familia Iglesias. En la calle Alsina había un hermoso boulevard, más grande que el que queda en Adrogué, y que es una pena que lo hayan quitado. El emblemático Bar El Sol, junto a la estación, y tres discotecas: Mi Club, el Club Infantil -hoy Country- y “Yo, tú, él”, en el paso de la galería de calle Belgrano.

P- ¿También había más actividad social en los clubes?

ES- Sí. Teníamos el Bouchardo, donde se juntaban a jugar pelota paleta por dinero el cantante de tangos Alberto Gómez y Leguizamo. Mi tío, Domingo´Mingo´ Maruzza, había ganado el campeonato interbancario de pelota-paleta y los hermanos Ratti lo llevaban siempre para ganar las apuestas. Llegué a conocer el club Yapeyú, en la calle Belgrano. Y muy cerquita había uno que era todo de chapa, un club donde los socios iban a jugar al mús o al truco, para divertirse. ¿Sabés lo curioso de ese lugar? Que no tenía bufetero, ni control: los socios iban, se servían el Cinzano o el Gancia ¡y se daban el vuelto en la caja! Una vez por semana, miraban qué faltaba, alguno lo iba a comprar y ponían todos según la boleta. Increíble. Ese sitio se llamaba Club Nosotros y fue un ejemplo de cómo era y se vivía en nuestro barrio.

En ese contexto similar al Macondo de García Márquez, lejos de representantes y los Alien Duces que hoy manejan las transferencias de futbolistas, sorprende la llegada transnacional de Silvera al club verdiblanco. Eduardo hijo ejercita la memoria a fondo y comienza a recrear el increíble pase: “Mi papá jugaba en el club Artigas, un equipo de Rocha. Lo fueron a buscar del Sudamérica de Montevideo. Tenía 19 años. Lo probaron en la primera y, tras dos prácticas, lo hicieron debutar el domingo”.

En ese entonces, al otro lado del Río de La Plata el doctor José Ignacio Vicuña es el jefe de la sala de maternidad del antiguo Hospital Rawson y miembro de la Comisión Directiva que preside Florencio Sola. Cuando va a coordinar sus vacaciones el doctor Rizzo, que está en la conducción de San Lorenzo, éste le comenta un chisme. Una información importante para cualquier futbolero: “Usted sabe, Vicuña, ahí en Montevideo hay un negrito que juega bárbaro en el Sudamérica y me lo voy a traer a Boedo”. 

Vicuña se quedó con el dato y le contó la historia a Sola. Acordaron que en el viaje iría a ver un partido del tal Silvera. No hizo falta mucha más carta de presentación, ya que esa tarde Eduardo le hizo dos goles a Nacional. Vicuña se fue el día siguiente a la sede del desaparecido equipo naranja para arreglar el pase. Lo consiguió con el presidente, pero le quedaba convencer al jugador de viajar al sur de Buenos Aires. Y no iba a ser nada fácil, ¡porque el Negro tenía las peores referencias de Banfield! 

Todo se remonta a unos años antes, cuando el Taladro estuvo a punto de traer a Obdulio Varela, el ídolo Celeste del Mundial de 1950, el querido Negro Jefe al que le cantaba el Canario Luna. “Obdulio había practicado en Banfield en 1939. Estuvo como dos semanas, jugó tres amistosos, y encaró a los directivos para que le compren el pase. Pero Sola se durmió, al Jefe se le soltó la cadena y se fue de la pensión de vuelta a Uruguay en barco”, señala Eduardo. Mi papá era amigo suyo de las prácticas en la selección y cuando le preguntó por el equipo éste le dijo que no vaya, que cuando él fue no le cumplieron con nada y que le hicieron perder mucho tiempo. A eso hay que agregarle que él tenía la cabeza puesta en la selección uruguaya para jugar la Copa Río Branco en Brasil, la cual empezaba en 15 días en Río de Janeiro!”. 

Con esos datos a cuestas, Eduardo (padre) fue a la reunión con Vicuña... pero le pidió una cifra descomunal con la idea de que se la rechacen: cinco mil pesos a la firma. Era un platal. Muchísimo dinero.

Lo que no sabía el delantero es que Sola tenía en el bolsillo ese platal, y mucho más. En aquél momento, el presidente de Banfield que bautiza el estadio maneja el juego y las apuestas de Mar del Plata porque administra el casino. De ahí que no se asuste con la cifra y le dice que sí a Vicuña, que le dé para adelante y lo traiga cuando antes al equipo. Pero hay un detalle más.

Silvera- Mire, doctor Vicuña, con el antecedente de Obdulio yo quiero que me den el dinero en la mano. Si no, no me voy de Montevideo.

Vicuña- Pero Silvera, ¡ya tiene todo aprobado! El señor Sola le va a pagar a su llegada a Buenos Aires.

Silvera- Ese es un problema de ustedes, no mío. Quiero el pasaje y el dinero. Y le aviso, yo la semana que viene me voy a Brasil con la selección. Buenas noches.

“De palabra no quería saber nada. Se había empacado. Entonces Lencho se fue a Montevideo con todo el dinero en una valija a las 48 horas”, explica el Eduardo menor.

Silvera- Está bien, yo firmo. Pero en tres días me voy a la Copa Río Branco. Y cuando vuelvo, viajo a Banfield.

F. Sola- No, Silvera, no. Estamos pagando una fortuna por el pase. Y si usted va allá y juega muy bien, va a querer más plata. Además, se puede lesionar.

Silvera- Pero yo ya firmo contrato ahora, no cuando vuelvo.

F. Sola- Usted firma ahora. Y no va a jugar la Río Branco. Sino, nos mandamos para atrás.

“Mi viejo tenía los cinco mil pesos en la mano en la sede de Sudamérica. Era una casa entera ese dinero. Con todo el dolor en el alma por la selección, firmó para Banfield y no fue a jugar a Brasil. Al volver a Buenos Aires, Vicuña se lo cruzó a su jefe Rizzo, quien ya se había enterado del pase. Y éste le recriminó: ´Para qué te habré dicho lo de Silvera. Era para San Lorenzo, no para ustedes”, le dijo.

Poco después, se iniciaba la leyenda de Eduardo en Banfield. Los que lo vieron remarcan que no era muy habilidoso con la pelota, pero que tenía tres cualidades que lo hacían diferente. Eduardo hijo los relata:

            • "Primero, la velocidad. Estaba a una décima de segundo del récord continental de cien metros, tomado con zapatilla común por el técnico y preparador físico del club, el señor Lúpiz".

            • "Segundo, cómo levantaba los centros. El relator Fioravanti le puso Bota de Lluvia de apodo. Y hacía una gran dupla con el peruano Alcalde, que era el centro forward y cabeceaba muy bien”.

            • “Y, tercero, le pegaba muy fuerte con las dos piernas. Y eso que parecían cañitas de los finitas que eran. Se complementaba en el ala izquierda con Rafael Sanz, aunque a mi viejo le encantaba jugar con Farro, el que después se fue a San Lorenzo”. 

Y fueron estos compañeros los que le pusieron el primero apodo [Foca] a Silvera. A Sanz le decían Falo y cuando él le gritaba, éste sabía que se la tenía que tirar de punta a la entrada del área grande, porque venía en velocidad para pegarle de frente al arco. “En la final de 1951 contra Racing, me quedó grabado que iba de su mano al vestuario de la cancha de San Lorenzo. Mucha gente lo paraba porque se acordaban que había hecho un golazo en ese campo, pegándole de entrada al área en el último minuto y que selló la victoria”, explica Eduardo.

Ya retirado, el Negro Silvera hizo toda su vida en uno de los tantos chalets de estilo inglés que ya no están en la ciudad. Quienes caminaron entonces por la calle Belgrano, a mano izquierda yendo hacia el norte, se lo cruzaron una tarde cualquiera. Ahora, sus restos y los de varios de sus familiares ya son cenizas que se esparcieron en diversas ceremonias en el arco de la calle Peña, donde se erige la tribuna Osvaldo Fani. “Cuando me toque, yo también voy a estar ahí junto a mi mamá, mi papá, mi hermana y sobrina”, dice Eduardo convencido.

P- ¿Qué sentís al caminar por Banfield cuando volvés?

ES- Banfield estaba orgulloso de su pueblo. Lomas de Zamora tenía un centro comercial más grande, pero a nosotros no nos interesaba. Nos encantaba mantener la tranquilidad. En la calle Boedo comenzó la época de los edificios y llegó un momento que no quedó más lugar y empezamos nosotros. Desaparecieron los tres cines, el Boulevard de Alsina, El Bar el Vómito, La Múnich y la Guillermina... ¿Vos sabes que cuando yo era chico a los de Banfield oeste les llamábamos ´Las Gallinas´ porque cuando oscurecía ya no quedaba nadie ahí?



 

> Yo conocí al Silvera entrenador

Por Fede Winer

Conozco al Silvera hijo desde inicios de la década del ´90. Yo jugaba de arquero en todos los partidos que se armaban en el barrio. Y un día, un volante al que le decíamos Papa nos tiró el dato que estábamos esperando: en el club El Ceibo, al lado de la antigua fábrica de galletitas de la calle Rincón esquina Arenales, necesitaban jugadores para el equipo. 

Ahora es un centro cultural del municipio, pero entonces los sábados nos juntábamos unos veinte en la canchita de asfalto del fondo para jugar picados. Poco tiempo después, el club armó algo más serio y vino de técnico Benia, el papá de Gonzalo y de Laura. Un par de prácticas después agarró la batuta Eduardo hijo. Durante unos dos años practicábamos a sus órdenes los martes y los jueves. 

Éramos todos chicos entre diez y quince años. Estaba Dieguito Fernández, el hermano de María Laura, con una habilidad fenomenal. Llevé un par de partidos a Damián Leiva, que la rompía cerca del club Columbia. Me parece que se lo quería llevar Lanús y, eso, era suficiente para que hiciéramos fuerza porque venga a Banfield. No lo convencimos para que deje ser de Racing. Como tampoco a su amigo Mita, que amaba a Independiente y se ganó el apodo de la publicidad de la camiseta.

Eduardo Silvera hijo nos ordenaba desde el costado. Y nos hablaba de Banfield... yo sabía de su papá porque mi abuelo, Quico, lo había visto jugar y ya me había explicado las genialidades del primer u-ru-guayo de Peña y Arenales. Al club El Ceibo le faltó gente que apoye la escuelita y de un día para el otro se desarmó. En la calle ya había más coches y no se podía jugar como antes.

Cada uno arrancó por su lado. Pero con el Negro me quedó una amistad para toda la vida. Lo encontré decenas de veces en la cancha y siempre hubo un abrazo afectuoso. A día de hoy, a los miles de kilómetros de distancia que nos separan, nos une El Taladro. Nos saludamos por los triunfos y maldecimos las derrotas vía teléfono, con textos y audios de WhatsApp. Y, de su parte, también me llegan los consejos como a inicios de los ´90 en la calle Rincón. Estamos, en definitiva, destinados a encontrarnos. Ahora por teléfono y en el futuro en forma de ceniza sobre el verde césped del estadio.




> Los números de Silvera

Eduardo Lucio Silvera (6/7/1918 - 26/9/1998) jugó ocho años en Banfield, desde 1940 a 1948. En total sumó 143 partidos, marcó 31 goles (.22 de promedio) e incontables asistencias a otros delanteros como Farro, Alcalde y Sanz.