miércoles, 11 de mayo de 2016 - 04:34 p.m.

Durísima nota de revista Un Caño contra Spinosa

Por Mariano Hamilton. La batalla cultural (perdida). A sólo 5 meses del Gobierno de Cambiemos se licitan los derechos de las transmisiones del fútbol por TV, se discute su gratuidad y se habla de sociedades anónimas.

Se podría definir de varias maneras: cambio de época, batalla cultural, nuevo relato o como ustedes quieran. Lo qué está claro es que en la Argentina de hoy se están discutiendo cuestiones que ya parecían desterradas, que parecían saldadas después de tanta muerte, dolor y miseria (en el más amplio sentido de la palabra).

Uno de los leimotiv del kirchnerismo era el de la defensa los derechos adquiridos. Se decía: “Va a ser muy difícil que la sociedad soporte perder lo que ya ha obtenido”. Error. La sociedad es fluctuante, ambivalente. No toda, por supuesto, pero sí lo son las mayorías que deciden qué Gobierno va a comandar la cotidianeidad. Y por eso, lo que parecía ciencia ficción hace nomás un año, hoy es tema de discusión en decenas de miles de lugares por todo el territorio nacional.

¿Cuánto hacía que no escuchaban hablar de licitaciones para las transmisiones del fútbol? ¿Cinco años? ¿Seis? Bueno, esta semana se lanzan los pliegos para que el Gobierno Nacional le venda los derechos de las transmisiones deportivas a grupos de empresarios privados. ¿A Turner? ¿Al conglomerado formado por Torneos, DirectTV y el Grupo Clarin? ¿A Paco Casal y su aliado Al Jazeera? ¿A Fox Sports Estados Unidos? ¿Por cuánto tiempo? ¿Diez años? ¿Veinte?

Gane quien gane debe mantener la gratuidad del servicio hasta 2019 así la administración Macri no paga los platos rotos. ¿Y después? A comprar decodificadores, muchachos. Porque como decía Fernando Niembro, “no estamos en Cuba”. Y por eso el que quiera ver fútbol, deberá pagar. O ir a un bar para ver, por ejemplo, el River-Boca. ¿Se acuerdan?

Otra de las novedades que surgieron en los últimos tiempos fue la reflotada discusión sobre si es mejor que los clubes sean asociaciones civiles sin fines de lucro o que se transformen en sociedades anónimas. Como si una cosa fuera buena y la otra mala. Como si no hubiera pésimos dirigentes en las asociaciones civiles y pésimos administradores en las sociedades anónimas. O extraordinarios dirigentes en las asociaciones civiles y maravillosos empresarios en las sociedades anónimas.

Otra cuestión que suena como una estampida arrolladora es la futura Liga Profesional o lo que muchos podría llamarse el paraíso terrenal para los clubes. Probablemente un campeonato serio y no las payasadas que se programan desde la AFA desde hace más de 20 años, pueda ser más rentable. ¿Pero realmente creen los dirigentes de fútbol que la sola concreción de la Liga será suficiente para mejorar la situación económica de los clubes? ¿Acaso no deberían ellos administrar mejor los recursos y no andar como siempre llorando por ahí con la cantinela de que no les alcanzan?

Para tomar un ejemplo del paupérrimo nivel analítico de los dirigentes, sólo les dejamos las declaraciones del presidente de Banfield, Eduardo Spinosa, hace poco más de un mes, al diario La Nación, en donde defendía la posición de que las transmisiones de fútbol debían, sí o sí, dejar de ser gratis:

“…Muchísimos clubes estamos agonizando. Quizá los dirigentes de los clubes más relevantes no ven esta realidad. Porque Boca quiere hacer socios virtuales y tiene cola. La TV representa, como en el caso de River, un 6% de su presupuesto. Para clubes como Banfield, la TV supera el 50% del presupuesto. Y hay clubes para los que implica el 80 y hasta el 90%. La realidad es muy distinta…” Y agregaba: “…el fútbol no da para más. Nosotros somos los que le tenemos que explicarle a la gente que el fútbol no puede seguir siendo gratis. ¿Es impopular? Seguro. ¿Es antipático? Seguro. Pero, también, ¿sabés qué antipático es acostarte todas las noches y preguntarte cómo hacer para conseguir los 3, 4, ó 5 millones de pesos de déficit que tienen los clubes todos los meses?”

O sea que para Spinosa el fútbol debería dejar de ser gratis porque Banfield y otros equipos de menor convocatoria no tienen los socios de Boca o River, porque no generan oportunidades económicas y porque los ingresos de la TV representan una parte alta de su presupuesto. Es decir, Banfield no es negocio pero quiere participar de los dividendos de un negocio al que, según él mismo, no le aporta demasiado. ¡Mirá vos que vivo es Spinosa! Esto quiere decir que, para Spinosa, su club debe ser subsidiado con un concepto socialista pero desde el corazón mismo del capitalismo.

Spinosa, mi amigo, no patee en contra de su propio arco. Banfield es importante para el fútbol por su historia, por sus hinchas, por lo que representa culturalmente para su ciudad, por lo que es deportivamente para el barrio, porque es una entidad que le entrega a centenares de jóvenes la posibilidad de practicar deportes recreativos cerca de su casa y por tantísimas otras cosas.

Parece que nos fuimos de tema, pero no es así. La rentabilidad es otra de las palabritas mágica que parecían erradicadas del lenguaje de los funcionarios. Se creía, se defendía, que el Estado estaba justamente para equilibrar las injusticias, las desigualdades. Es decir, si bajaba el empleo privado, el Estado aparecía para subsanar ese déficit. O si algunas ciudades no tenían conectividad, entonces Aerolíneas Argentinas solucionaba ese problema como lo debe hacer toda aerolínea de bandera. Lo mismo con el asunto de las jubilaciones: si mucha gente no podía acceder a ese derecho, el Estado le facilitaba una moratoria para que no quedara a intemperie. O si un pibe no se podía comprar una computadora, aparecía el Estado para entregársela a cambio de la contraprestación de estudiar y rendir las materias. O si una Pyme tenía problemas, recurría a los REPRO. El asunto es que el plato de la balanza siempre se inclina para el mismo lado. Para que ganen los que más tienen y se queden afuera los demás. Uno que otro dirá: “Es la economía, estúpido”, parafraseando a Bill Clinton. A lo que tranquilamente le podríamos responder: “Es el regreso del neoliberalismo, genio”. O el regreso de los muertos vivos. (Un Caño).